Por José Cheo Cruz

Para mí que soy un aprendiz de escritor, que me amanezco leyendo para después desarrollar mis artículos, nadie tiene que inventar la rueda si ya esta inventando, pero hay que estudiarla a fin de que salga algo parecido a un escritor.

Defino el escritor de esta manera: “El escritor es un perturbador social… la literatura es fuego, significa inconformismo y rebelión… La razón de ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica.

La vocación del escritor nace del desacuerdo del hombre con el mundo, de la intuición de deficiencias, vacíos y escorias a su alrededor. La literatura es una forma de insurrección permanente y no admite camisas de fuerza.” En ese tiempo, Vargas Llosa era parte del llamado “Boom”, grupo de escritores latinoamericanos relanzados por la Editorial Seix Barral de España y por Casa de las Américas de Cuba, para la difusión de sus obras, hasta entonces limitadas y no reconocidas en su justa dimensión. Junto a Gabriel García Márquez, José Donoso, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, José Lezama Lima (redescubierto por Cortázar), Guillermo Cabrera Infante, Juan Carlos Onetti, entre otros, Vargas Llosa impactó a través de una nueva visión narrativa de un continente en plenitud de fantasías, exuberante, mitológico, de una riqueza conceptual y humana ilimitada, en ese tramo imaginativo que el escritor cubano Alejo Carpentier llamó con propiedad lo “real maravilloso”.

En el caso de Vargas Llosa, se trató de un escritor que procedía de la Academia, de ciertos rigores formales que no le impidieron innovar y renovar la lengua. Uno tiene novelas a escoger de acuerdo a sus preferencias y lecturas; por ejemplo, no pudo despojarme de La guerra del fin del mundo”, texto narrativo que aborda simultáneamente el fin milenarista, el fanatismo de las sectas religiosas, la dominación del poder local, las insurrecciones de los nativos, la figura del Anticristo, situada en el espacio temporal de fi nes del siglo 19 en Brasil. Solamente un maestro, en plena lucidez intelectual, puede abordar estos temas, con la fluidez y la precisión de la palabra descriptiva y contenido de las emociones que marcan los personajes.

Uno tiene la sensación de que Vargas Llosa no solamente merecía el galardón otorgado, sino que era hora de hacer justicia con su devota, incondicional y militante entrega al oficio literario, para que no pasara con él lo que sucedió con el escritor argentino Jorge Luís Borges, artífi ce de la dicción y el verso, de cuentos memorables, a quien sistemáticamente, a pesar de estar entre los aspirantes, se le negó el Premio Nobel, en un ajuste de cuentas inexplicable, en el cual se pretendió castigarle por sus “habladurías” de carácter político. Borges era un provocador impenitente que gozaba con “llevar la contraria”; donde todo el mundo simpatizaba con la democracia y la libertad, él se ponía de parte del genocida general Pinochet, donde se hablaba de combatir por los derechos humanos, él se colocaba al lado de los gorilas militares argentinos hasta que un día, “Las madres de Plaza de Mayo” invadieron su hogar reclamándole solidaridad y pidiéndole que abandonara la “torre de marfil” en que vivía, alejado de las pasiones y las luchas cívicas, obligándolo a declarar, por primera y única vez, delante de los periodistas, que después de haber escuchado a “Las madres de la Plaza de Mayo”, había llegado a la conclusión de que Argentina estaba harta de la niebla de generales que la gobernaba. A diferencia de Borges, Vargas Llosa era compromisario de las ideas progresistas de la época, y varios de sus amigos habían perdido la vida en la guerrilla romántica e idealista de los años 60 en el Perú.
El aspecto controversial de Vargas Llosa radicó en su mudanza absoluta de ideas y pensamiento en relación con la actitud y conducta asumidas frente a las injusticias, dominación de las oligarquías y defensa de la revolución cubana esta ultima paso de ser defensor a atacante por la persecución contra los disidentes. Su empatía con Cuba llegó tan lejos que anunció, al recibir el Premio Rómulo Gallegos, que donaba a Casa de las América y en particular a la heroína cubana Haydeé Santamaría, el monto del premio otorgado, para que Cuba continuara construyendo escuelas donde se forjaría el hombre nuevo. El grave conflicto del caso del poeta Heberto Padilla en 1971, manejo torpe de un premio a un libro de poesías contestatarias, que no debió ser censurado ni su autor obligado a retractarse, conllevó que Vargas Llosa y un gran número de intelectuales rompieran sus vínculos con Cuba.

Es a partir de entonces que Vargas Llosa cuestiona de manera radical el modelo revolucionario cubano, e inicia lo que puede considerarse como un viraje hacia la derecha, el libre mercado y en contra de las dictaduras sin distingos ideológicos. Comete un error capital al convertirse en candidato presidencial, vinculado a las corrientes neoliberales en boga, aspiración de la que abjura, asqueado de la politiquería sin establecer los factores sociales de dominación y corrupción del propio Estado capitalista.

Lo que trasciende sin embargo no es la coyuntura, ni son las veleidades, ni las posiciones políticas, sino la belleza de sus textos, la intensidad narrativa de sus novelas, entre ellas, “La fiesta del Chivo”, denuncia urticante de un contexto de barbarie, común a nuestros pueblos el caso de Trujillo que creo en algunas cosas esta fuera de contexto pero es interesante porque en su contexto general habla y describe en mucho la dictadura de Trujillo en Republica Dominicana. Lo que importa es su talento, su capacidad, su presencia de escritor e intelectual de primera línea, de peruanito universal.

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